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lunes, 3 de junio de 2013

5x08 NOÉ

NOÉ: ¡Os lo he dicho! ¡Esos fabricaniños desgraciados se colaron en mi casa y me robaron la tarjeta! ¡Abridme!

—Esas no son las normas, señor Palacios. Tiene usted que venir con otro miembro para poder abrir el Consejo. Aunque le hayan robado una tarjeta no podrán entrar con una sola.

Leocadia estaba aterrorizada detrás de unos arbustos. Al sacar la metralleta su padre de dentro de la chaqueta se tapó las orejas. Las balas fueron directas al sistema de seguridad que leía las tarjetas identificativas, y tan pronto como estuvo destrozado, una patada fue suficiente para abrir la primera puerta. La secretaria salió corriendo para dar la voz de alarma, pero no pudo llegar más allá de la puerta de la recepción antes de ser alcanzada por los disparos.

NOÉ: ¡Leocadia! ¡Aquí! —señaló a su lado y la niña se puso a su vera como si de un perro obediente se tratase. Miraba al suelo con tal de no tener que ver el cadáver ensangrentado de la secretaria.

Las fuerzas de seguridad no tardaron en llegar, pero por la expresión que tenían, no parecía que esperasen que algo como aquello fuera a pasar en un trabajo tan monótono que solo consiste en darse paseos de un lado a otro. Sin darles tiempo de alcanzar sus armas, Noé fue dando caza a todo aquel que se le cruzara en su camino. A paso ligero seguía avanzando hacia el centro de las instalaciones.

—Me quiero ir a casa —la niña sollozó de presenciar tanta violencia, tratando de mantener el paso con Noé.

NOÉ: ¡Cállate! ¡Tú harás lo que yo te diga!


Flashback de Noé

—¡Cállate! ¡Tú harás lo que yo te diga! —le dijo su padre golpeándolo en la cara—. ¿Por qué siempre tenemos que obligarte a estudiar? ¿No podías ser un buen chico como tu hermano Teo? Fíjate en sus notas y mira las tuyas —le estampó el boletín de papel en la cara.

Sus padres eran muy corpulentos y con diez años que tenía no se le había pasado ni por la cabeza tratar de contradecirlos. Aunque para su edad era más alto que la mayoría de los niños de su clase. Benito era el padre que siempre le pegaba, pero Clemencio no hacía nada tampoco por impedirlo. Eran un ejemplo a seguir dentro de su culto, los Discípulos de Asir, y suponía una vergüenza para ellos tener un hijo como él.

—Ahora tendrás que rezar a nuestro señor Asir hasta que se te quede la lengua seca —lo castigó Clemencio.

NOÉ: ¡Pero si la semana pasada saqué un diez en Matemáticas!

—¡Pero tu hermano los saca siempre! —le recordó una vez más Benito, dejándole más claro todavía cuál era el hijo predilecto—. Así que a rezar. Y cuando acabes te quiero en tu cuarto estudiando hasta la hora de dormir.

El pequeño Noé se frotó la cara dolorido y se fue a su cuarto sin rechistar. Sabía que aún se podía llevar otro tortazo si lo hacía.

Fin del flashback


Se retocó su canoso pelo y se hizo bien la raya al lado mirándose en el cristal de una ventana.

NOÉ: Vamos, Leo —la cogió violentamente del brazo y la arrastró unos metros—, pregúntale a este pazguato dónde está reunido el Consejo hoy. Esos escurridizos...

El hombre se quedó paralizado ante el influjo de la niña, pero ante su pregunta no obtuvo una respuesta satisfactoria. Lo que acabó con su vida al instante. Leocadia seguía llorando, pero trataba de aguantar las lágrimas, lágrimas que volaron por los aires al propinarle su padre otra bofetada.

NOÉ: Esa respuesta no me sirve.

—¡Basta! —la niña explotó al presenciar la masacre y por un instante le hizo sentir paralizado a Noé, como si le fuera a hacer una pregunta. Algo que jamás había pasado antes. La había entrenado en la más estricta subordinación y hasta ahora nunca se había sublevado. Pero Noé, que sabía mejor que nadie cómo funcionaba el mecanismo al haberla entrenado personalmente, la volvió a abofetear antes de que tomara el control de su cuerpo por completo. Tendría que andarse con cuidado. Se estaba rebelando. Tenía que llegar a Epifanía antes de que pensara demasiado qué estaba haciendo y por qué seguía obedeciendo a un padre que no daba señales de quererla.

Tras un par de interrogatorios más, llegaron a la habitación donde se escondía el Consejo. El tiroteo que había comenzado desde la entrada les había hecho esconderse como las ratas cobardes que eran. Algunos rezaban en sus propios idiomas, al ser la sede internacional de los DA. Pero se hallaba en España al ser el lugar donde se inició todo. Otros se escondían como si él no pudiera verlos, pero no era el caso.

Noé sabía a quién estaba buscando. Sabía a lo que había venido. Ya que las vías diplomáticas no habían dado resultado y ya estaba harto de esperar a una revolución que nunca llegaba. Tenía que tomar las riendas del asunto. Pero antes tenía que averiguar algo importante. Y en la esquina de la habitación, acurrucada pero de talante valiente se hallaba la respuesta a su pregunta. Noé se apoyó en el marco de la puerta por un momento y recargó la munición de la metralleta.

NOÉ: Vaya, vaya, vaya. A quién tenemos aquí...


Flashback de Noé

En el asiento de atrás del coche iba él con su hermano. El techo no era demasiado alto y Noé tenía que encorvarse un poco. Esperaba que con 18 años no creciera más. Bastante se burlaban de él en el instituto y esperaba que no pasara lo mismo en la universidad. La universidad... Algo que Teo no vería nunca.

Lo miraba de reojo y parecía asustado. Miraba abstraído por la ventana sin saber si creerse la charla que les dieron sus padres sobre hacer un gran papel para la sociedad. Entregar su vida a la sociedad más bien, pensaba Noé. Pero no se hubiera atrevido a contradecirles, ni aunque fuera en defensa de su querido hermano. A pesar de que siempre lo hubieran comparado con él y a veces desease que no hubiera nacido en el calor del momento, era su hermano. Había crecido con él y lo iba a echar de menos. ¿Lo volvería a ver? Era algo que tampoco tenía claro. Solo sabía que se dirigían a las instalaciones del Consejo de los DA, donde sus padres trabajaban, y que su hermano se iba a quedar allí para siempre. Y todo gracias a que Teo tiró una taza de leche con su pensamiento después de una fuerte discusión con sus padres. Era algo sobrenatural, sí, pero Noé tampoco se extrañó mucho. Quizá no era la primera vez que lo veía hacer algo así el día antes de la Renovación. Pero quizá era la primera vez que lo veía de manera tan obvia. Sus padres, lejos de enfadarse como hubiera sido lo normal, se sentaron con él y le dieron la charla que el propio Noé escuchó al otro lado de la puerta.

El repentino frenazo de Benito lo devolvió a la realidad. Enfrente suyo un coche de la policía bloqueaba la carretera. Un poco peligroso, pensó él. Dos agentes estaban en el arcén y les hicieron salir del coche a Benito y a Clemencio. Noé oyó un murmullo como si alguien tratase de pedir ayuda a través de una mordaza. Siguiendo el sonido, sus ojos se toparon con dos hombres en ropa interior cerca de los arbustos, atados y amordazados, agitándose e intentando deshacerse de las cuerdas. Noé volvió a mirar desde dentro del coche a los policías que estaban hablando con sus padres, pero ya no lo estaban haciendo, sino que los estaban sujetando porque parecían haberse desmayado. O ya no estaba tan seguro al ver la jeringuilla que tenía cada uno en la mano.

Noé cogió de la mano a Teo y él lo vio también. Qué querrían esas personas de sus padres. Pero estaban equivocados. Sus padres no eran más que un estorbo para llegar al objetivo: ellos. Los sacaron del coche a punta de pistola y los metieron en el de policía. Atrás quedaron sus padres tirados en el arcén cuando arrancaron y los que ahora sabía que eran los verdaderos policías, moviéndose como culebras en el suelo y sin éxito a la hora de escapar.

Sin mediar palabra, los secuestradores los llevaron conduciendo durante horas a otro recinto. Allí fue cuando de verdad recibieron las respuestas. Información que fue difícil de asimilar. No sabía que era más increíble, que su hermano y él fueran descendientes de Asir todopoderoso o que los DA tuviesen todo ese entramado del que querían hacer formar parte a su hermano, en el que mediante ondas cerebrales cambiaban la sexualidad de la gente.

Teo no se lo tomó muy bien y de un movimiento de brazo lanzó al suelo a todos los de su alrededor, incluyendo al propio Noé. Le cogió el brazo para levantarlo  y se pusieron a correr. Sus poderes parecían mayores al estar en plena Renovación desde hacía unas cuantas horas, tal como le habían dicho, pero los que se hacían llamar los Seguidores de Suty eran confiados, y no esperaban que al ofrecerles la libertad a él y a su hermano se lo agradeciesen escapando. ¿Pero de qué libertad hablaban? Pasarían de pertenecer a los DA para ser de los SS. No sabía si hacían lo correcto al escapar, pero su hermano pequeño a veces tenía más criterio que él.

Las dudas surcaban su mente tan rápido como la adrenalina que proporcionaba su rapidez. Puerta tras puerta, Teo llevaba la delantera en la escapada. La que se le resistía la tumbaba con telequinesia. Y la persona que se cruzaba en su camino salía volando por los aires, cada uno más lejos que la anterior. Tampoco iban armados y no creía que les fueran a hacer daño, pero parecían insistentes en que se quedasen con ellos.

¿Cambiaría su atracción por los hombres al haber pasado la Renovación bajo las ondas protectoras de los SS? Ellos dijeron que al ser descendientes normalmente no les afectaría. Pero en "normalmente" está la clave.

Después de varios giros en dirección equivocada acabaron en la sala de controles eléctricos. Una gran maquinaria sostenía el funcionamiento de la antena que los protegía de las radiaciones. No había salida si no fuese por la puerta donde habían entrado, pero se hallaban justo debajo de la antena. Una ventana en lo alto de la elevada estancia daba al exterior. Los SS les pisaban los talones y ya estaban dentro de la enorme sala. Noé y su hermano avanzaban hacia la ventana, pero no sabía exactamente como Teo pensaba subir hasta ella antes de que los alcanzaran los otros. Fue cuando Teo le soltó de la mano. Noé siguió corriendo por inercia y al girarse lo vio parado haciendo frente a los SS.

—Elige tu propio camino y sigue en el que tú creas —le dijo girando la cabeza pero interponiéndose en medio de los otros—. Ya sea con los DA o si quieres volver con los SS. Pero te mereces poder elegir tu vida y no que te la impongan. ¡Vete!

Teo usó sus poderes contra Noé y este se vio propulsado hacia la ventana. Cayó en la enorme repisa y se agarró para no caer al suelo desde esa altura. Teo empezó a mover los cables eléctricos pegados a las paredes y en la sala se creó una preciosa pero mortal tormenta chispeante. Noé no quiso seguir mirando cómo su hermano daba su vida por salvar la suya ni tenía la opción de salvarlo tampoco. Abrió la ventana y escapó. Corrió y corrió sin mirar atrás, hasta que pudiera adelantar a las lágrimas que nublaban su visión.

Fin del flashback


NOÉ: ¡Epifanía! ¡Ven aquí si no quieres que te arrastre por el suelo y te traiga yo mismo!

La madre de Osi estaba aterrorizada y no hacía más que mirar el arma de Noé de reojo, pero no perdía ni un ápice de dignidad ni en un solo momento. Templadamente se acercó a él y fue objeto de la sinceridad que provocaban las preguntas de Leocadia, mientras el resto de miembros seguían agazapados e inmersos en sus plegarias.

NOÉ: Si los tres hermanos se han reunido, eso significa que la profecía puede cumplirse —dijo entre dientes—. Y todo por lo que hemos peleado se podría ir al garete.

—Es solo una estúpida predicción de hace siglos. No tiene por qué ser verdad.

NOÉ: Bien actuado —la miró de arriba a abajo—. Pero no te creo. Tú sabes perfectamente, al igual que yo, lo importante que es. Si todo lo demás es verdad, ¿por qué no debería de serlo esto?

Epifanía fue a contestar, pero Noé siguió hablando.

NOÉ: Primero sobrevive al barranco, luego a la explosión de la casa donde se refugiaban y ahora se reúne con Set. Perfecto.

Sin mediar palabra, Noé sacó otra pistola y mató a sangre fría a todas y cada una de las personas que estaban en la sala, excepto a Epifanía.

NOÉ: Ahora el Consejo soy yo.

Epifanía seguía a su lado y al temer por su vida empezaba a perder la compostura.

NOÉ: A ti te necesito viva, no te preocupes —la miraba a la vez que se retorcía el bigote fríamente—. Encuentra a Osi y tráemelo.


Flashback de Noé

La situación en su casa no hacía más que empeorar. No sabía muy bien por qué había vuelto con sus padres conforme lo trataban, pero a nivel económico no tenía otra opción si quería seguir estudiando en la universidad.

Pero aquello ya no era un hogar. Desde la muerte de su hermano, sus padres habían caído en una espiral de desolación. Desde culparle a Noé por la muerte de su más preciado hijo, hasta llegar a un punto de caos, de ni siquiera hacer las comidas rutinarias. Benito se había aficionado a la bebida y se pasaba la mayor parte del día durmiendo. Clemencio buscaba otras compañías fuera de casa que lo sacasen de la realidad y apenas pasaba por allí. A veces en días.

Noé se resintió del moratón de las costillas. Benito era un hombre agresivo, pero desde que se pasara borracho día y noche su ira era incontrolable e impredecible. Los latigazos con el cinturón le levantaban la piel, pero Noé sabía que eran merecidos.

No solo se quedaron con el mal hijo, sino que encima les tenía que salir fabricaniños. Semanas después de abandonar las instalaciones de los Siervos de Suty su atracción por las mujeres empezó a brotar y a florecer irremediablemente. Quería pensar que no estaba pasando, pero ya dijeron los SS que cabía la posibilidad. Más motivo para la decepción de sus padres.

—¡Seguro que él era homosexual de verdad! ¡Tú no eres más que un error! —las comparaciones con su hermano seguían siendo el tópico de cada día, aún estando muerto. Benito se lo recordaba mientras le azotaba.

Podría salir de allí, sí, pero era el infierno que se merecía por el hecho de que se sintiera atraído por las mujeres ahora. Aquello no estaba bien. No era lo correcto. No era natural. Incluso él mismo se autoflagelaba para huir de esos pensamientos.

Solo tenía que aguantar un poco más. La próxima Renovación volvería todo a la normalidad y no aquella aberración en la que se había convertido.

Fin del flashback


Una vez se hubo ido Epifanía, en la sala solo quedaban él y Leocadia. A veces se le olvidaba que existía. Pensaba en que estaría bien que fuera una máquina que pudiera desconectar, para usarla cuando tuviera que preguntar algo, pero poder desconectarla a continuación. Como si lo viera venir, la niña se volvió a quejar de estar cansada de usar sus poderes. Al acercarse para callarla de una bofetada se sintió paralizado. Ya era tarde. El proceso de cuestionamiento había empezado y ya no podía librarse de su influencia. Lo que no sabía es qué le podía preguntar y para qué querría hacerlo.

—¿Soy tu hija de verdad? —su piel se estaba tornando pálida del esfuerzo.

NOÉ: No —se vio obligado a responder e intentaba que no más palabras salieran de su boca, pero la tensión en su cuerpo se volvía más fuerte al resistirlo—. Yo solo fui tu simiente.

La presión se estaba volviendo demasiado dolorosa y la niña no lo dejaba ir.

—¿Me quieres al menos?

No se esperaba esas preguntas. No refiriéndose a sus sentimientos. Tratar de luchar era equivalente a más sufrimiento, pero tenía que intentarlo o la perdería del todo. Aún la necesitaría para algún trabajo más.

Leocadia pasó de estar pálidamente blanca a tornarse azul del esfuerzo, pero no se daba por vencida. Si ya estaba agotada antes, esto la estaba matando. Nunca se había puesto tan al límite. Pero ella seguía forzándose.

NOÉ: No. No te quiero —las palabras se deslizaron solas por la abertura mínima de su boca.

La presión que tensaba todos los músculos de su cuerpo lo iba a reventar, pero de repente se sintió liberado. Leocadia cayó al suelo con una lágrima resbalándole la mejilla.

Eliseo apareció corriendo y aún con todo lo que había llevado a cabo con Noé, aquello pareció sorprenderlo.

NOÉ: Ya era hora de que llegases —se estiró, gimiendo—. ¿Has encontrado al topo que nos delató y ayudó a los fabricaniños a robarme la tarjeta?

—Sí —le dijo sin quitarle ojo al cuerpo de la pequeña.

NOÉ: Bien. Con la niña o sin ella le sonsacaremos dónde se esconden los Siervos —se dirigió hacia la salida, indiferente.

Eliseo se agachó a tomarle el pulso a la niña para comprobar que había fallecido de agotamiento.

—Noé, era su hija... —dijo horrorizado, y Noé se giró para contestarle.

NOÉ: De lo único que me lamento es de haber perdido mi mejor arma.


Flashback de Noé

Aquella situación estaba empezando a ocurrir demasiado a menudo. Una vez más, la vecina de sus padres lo llamó cuando acababa la ceremonia porque estaban teniendo una fuerte discusión y tenía que ir a solucionarlo. Noé llegó trajeado como iba y los gritos se escuchaban desde el primer piso, y eso que vivían en un séptimo. Para los pocas veces que se veían entre ellos y tenían que montar esos números. Pero el divorcio no entraba en los planes de dos fervientes asiristas. Aquello era pecado.

—Vaya, hombre. Llegó el único hijo que me queda —Benito estaba tan ebrio que se le entendía de manera dificultosa—. Con tu edad yo ya estaba casado. Pero como a ti te van los chochitos...

—Si eres un maldito fabricaniños al menos podías participar en el programa de reproducción —más sereno, Clemencio también dirigió la discusión hacia él.

NOÉ: Aquello solo pasó una vez hace años —se defendía, avergonzado—. ¿Vais a reprochármelo toda la vida por algo que ni siquiera estaba en mis manos? —los miró, desafiante—. ¿Y  vosotros qué excusa tenéis para no haber venido hoy a mi graduación? El logro más grande de mi vida, acabar la carrera con premio honorífico, y ni siquiera estáis ahí para verlo.

Se notaba a punto de llorar pero tenía que mantenerse entero.

—Nunca vas a conocer a nadie. No vales nada —Benito lo señalaba con la mano en la que no tenía el vaso de whiskey e ignoraba todo lo anterior para seguir atacándolo—. Nunca le llegarás ni a la suela de los zapatos a tu hermano. ¡Él era homosexual de verdad!

NOÉ: ¡¡Basta!!

El grito fue acompañado de un empujón que lanzó a Benito por el balcón inintencionadamente. Noé se asomó corriendo para intentar cogerlo, pero no llegó a tiempo. Apartó la mirada para no ver cómo se estrellaba contra el asfalto, pero el ruido se le quedó grabado a fuego en la memoria. Nadie podría sobrevivir a una caída de siete pisos.

Cuando se giró vio a Clemencio apuntándole con una pistola en la mano y los ojos humedecidos. Con lo poco que lo querían sus padres sabía que no dudaría en apretar el gatillo, y antes de que sucediese se adelantó a los acontecimientos. Sin pensarlo dos veces le cogió la mano y apuntó con la pistola hacia Clemencio, apretando el gatillo y proyectando una enorme mancha roja en la pared.

Tenía que pensar rápido si quería salir de aquella. Bajó corriendo las escaleras e hizo como que acababa de llegar, atendiendo a los restos de Benito en la calle y llamando a una ambulancia.

Fin del flashback


Noé dejó a cargo a Eliseo en el Consejo y a varios fichajes más que había hecho para su causa y se dirigió a la visita mensual que hacía sin falta a aquel cochambroso hospital. Tenía que contarle sus últimos méritos.

Al llegar a la habitación lo vio como siempre. Demacrado y caquéctico, con úlceras debido a la inanición, que sabía que no se hacían cargo de evitarlo.

NOÉ: Hola, papá —lo cogió de la mano—. Sigo haciendo tu trabajo, con los DA —lo miraba, orgulloso de su hazaña—. Si me hubieras visto estarías orgulloso... Esta vez sí, espero que estés contento.

Un médico apareció por la puerta. Un señor mayor que Noé conocía muy bien.

—Señor Palacios, ¿hoy es el día en el que se decide a despedirse de su padre y lo desconectamos para que pase a una mejor vida?

NOÉ: De eso nada —dijo sonriendo—. Yo nunca perderé la esperanza de que despierte.

—Señor Palacios, su padre lleva en coma desde hace quince años. Sobrevivió milagrosamente y gracias a Asir a aquella aparatosa caída, pero ya llegó su hora. No va a despertar.

NOÉ: Eso no es lo que pienso yo —se puso más serio—. Además, soy yo el que paga las facturas. El hospital debería de estar contento de tener una fuente de ingresos continua todos los meses, o buscaré a otro médico que lo esté.

—Como usted diga, señor Palacios —se retiró con un vehemencia y Noé le sonrió amablemente.

Pero en cuanto el doctor abandonó la habitación Noé retorció la boca y agachó su larga y encorvada espalda para acercársele al oído a Benito.

NOÉ: Espero que te estés pudriendo allá donde estés. No mereces un descanso eterno. Estarás aquí hasta que yo lo diga —esbozó una sonrisa vengativa—. Espero que estés sufriendo por todo lo que me hiciste pasar.






Próximo episodio: lunes, 10 de junio de 2013 a las 21:00.

lunes, 9 de abril de 2012

4x06 NOÉ


Priviuslí, en El mundo al revés: Noé fue cura de la congregación valenciana de los Discípulos de Asir donde iba Osi con sus madres, pero más tarde se radicalizó y decidió pasar a la acción, formando una banda que atentaba contra objetivos relacionados con el colectivo heterosexual. Además, el año pasado destruyeron las instalaciones de sus enemigos, los Siervos de Suty, para recuperar lo que era suyo. Entre lo cual, Noé se quedó con un “arma” que necesitaba entrenar y que le haría saber la verdad sobre la muerte de su novio Israel, que resultó malherido durante esta operación y no fue atendido por Ada en el hospital para salvarle la vida.

El Consejo es la autoridad máxima de los Discípulos de Asir y es ante los cuales responde Noé.

Efrén descubrió a Noé como líder de los terroristas, pero no puede confesar a la policía porque lo han amenazado con matar a su marido Zac y a su hijo. Efrén tiene un hermano que se llama Romeo estudiando en un internado.




Pleno mes de marzo y la plaza del Ayuntamiento de Valencia estaba abarrotada de gente. La multitud, formada tanto por valencianos como por miles de turistas que visitaban la ciudad por esas fechas, estaba esperando a que se pronunciaran las palabras que daban comienzo al espectáculo. La megafonía se encendió y la Fallera Mayor, desde el balcón del Ayuntamiento, dio permiso para empezar, a las dos en punto del mediodía.

«Senyor pirotècnic, pot començar la mascletà (Señor pirotécnico, puede empezar la mascletà)»

La pólvora empezó a retumbar en los tímpanos de los asistentes en una rítmica danza que hace disfrutar con el vibrar de todo el cuerpo. La multitud miraba atenta hacia arriba y algunos niños pequeños, que posiblemente presenciaban su primera mascletà, lloraban de miedo. Sus padres los tranquilizaban a la vez que se reían y les decían que abriesen la boca, para evitar problemas auditivos. Después de minutos de acordes retumbantes en la esfera azul, el ritmo se empezó a acelerar, anunciando que se acercaba el estruendo final. Pero además del bombardeado cielo, otras explosiones se empezaron a escuchar entre el público. Seguido de gritos y alarmas de algunos establecimientos, un par de estallidos lanzaron a decenas de personas por los aires, aunque cuando cayeron ya solo eran partes de ellas.

Todo el mundo empezó a correr hacia todas partes y el ya de por sí caos se convirtió en una marabunta de gente chocándose entre sí. Nadie paraba. Si alguien caía al suelo le pasaban por encima. La mascletà seguía en su tramo final, pero los gritos de las personas quedaban ahogados ante tal fragor. Desde las alturas se podía ver una gran zona donde no había movimiento, porque estaba repleta de cuerpos yaciendo en el suelo. Pero toda la otra parte de la plaza ni se había enterado de lo que estaba pasando.

—¿Será que ha caído un petardo allí al medio? —le decía una señora a otra mientras lo daban todo intentando escapar.

De entre la multitud apareció Noé a contracorriente de todos. Caminando con seguridad y sacándose una pistola de la espalda, se acercó a la zona donde aún quedaban personas agonizando en el suelo. Se agachó y le puso la pistola en la frente a un chico.

—No me mates, por favor. Te lo ruego —le suplicó desde el suelo y ensangrentado.

NOÉ: Te he visto besando a una mujer. Siempre os ponéis en el mismo sitio en las mascletàs. Maldito desviado.

Apretó el gatillo sin dudarlo un momento y no le hizo falta ni usar un silenciador, ya que el alboroto general sumado al apoteósico desenlace lo encubrían. Noé se limpió el arma y empezó a arrastrar a otro hombre que estaba en el suelo y que parecía consciente. El trágico panorama de muerte y desolación contrastaban con los aplausos y el jolgorio de los espectadores del otro lado, que celebraban el término de la mascletà, ajenos a lo que estaba pasando.

Pronto apareció un hombre muy corpulento y calvo con perilla, y entre la confusión de la gente que seguía corriendo, ayudó a Noé a meter a aquel hombre en una furgoneta que tenían aparcada en un callejón asiduo. Lo ataron y lo amordazaron, ya apartados de la multitud, cerraron las puertas y se fueron de allí.

—Una gran operación —proclamaba contento el hombre que parecía un rinoceronte—. Con esas bombas nos hemos quitado a uno cuantos fabricaniños de encima. Deberían de morir todos…

NOÉ: Sin duda, señor —se miraba en el espejo retrovisor y no se le había movido ni un pelo de color salpimentado de su clásico peinado de raya al lado—. Pero todas estas cosas no nos acercan a las nuevas instalaciones de los Siervos de Suty. Tienen que haberse ido a alguna parte. Y se me están agotando los recursos… Tenemos que recuperar lo que nos pertenece. Lo que aún se llevaron —recalcó, hablando iracundo entre dientes.

—Dentro de poco, estoy seguro.

NOÉ: Por lo menos tenemos que intentar no llamar la atención en nuestro día a día. Yo antes me llevaba muy mal con mi casero y por culpa de eso nos descubrió el otro pazguato. El día que trasladamos todo el material para esta operación, le dejé entrar para que viera que no oculto nada.

—¿A Efrén Martínez?

NOÉ: ¡No! —le dijo dándole un cachete en la calva. Sabía que era diez veces más fuerte que él, pero también sabía que lo tenía dominado—. Me refiero a mi casero, David. Ahora nos llevamos de maravilla y así me evito problemas.

—¿Cómo va tu arma secreta? Si puede saberse…

Noé lo miró desdeñoso, advirtiendo que la pregunta había sido un poco inoportuna, pero quiso contestarle.

NOÉ: Tenemos suerte de tenerla —se retorcía su canoso bigote—. El Consejo me permitió quedármela por conseguir a los otros, y si no fuera por ella, ahora mismo no tendría esperanzas de encontrar a esas ratas de los SS.

El hombretón seguía conduciendo, aunque muy atento a lo que le decía.

NOÉ: He sido pionero en entrenarla. Hacía siglos que no se hacía. Antes incluso los entrenaban para ser telequinéticos. Imagínate que arma tan poderosa podría ser. Pero ahora no se puede por lo que tú ya sabes… Israel estaría orgulloso de mí.

—Ya hace más de un año, ¿no?

Noé, que normalmente no permitiría ese tipo de preguntas personales, se ablandó al recordar al que pudo haber sido el amor de su vida.

NOÉ: Sí. Y no me acuerdo de él todo lo que debiera…

Por fin llegaron a la casa de Noé, aparcaron la furgoneta en la parte trasera y entre ambos sacaron al secuestrado maniatado.

NOÉ: Eliseo, quédate aquí mientras voy a por ella —le mandó, y él obedeció.

Se dirigió a una habitación que tenía muchas cerraduras y pestillos y las fue abriendo una a una. Cuando terminó, abrió la puerta y ante él apareció una niña, que tendría unos ocho años, y que llevaba una muñeca pordiosera y sucia en las manos. La habitación por dentro disponía de las comodidades básicas, aun siendo muy simple. La niña fue a salir del cuarto como si supiese perfectamente qué iba a hacer. Tenía un aspecto saludable, sin embargo, algunos pequeños moratones en la cara y en las piernas asustaron un poco a Eliseo cuando la vio por primera vez.

NOÉ: Es hora de entrenar. Ya sabes dónde tienes que ir.

La niña asintió muy seria y se dirigió sin vacilar a otra habitación de la casa, donde al abrir la puerta encontró al hombre que se habían llevado de la mascletà. A la niña no pareció impresionarle que estuviera atado a una silla y amordazado. Al quitarle la mordaza Noé, preguntó y suplicó que no le hicieran daño.

NOÉ: Adelante, Leocadia. Hazlo. Y esta vez más te vale que lo hagas bien.

Eliseo presenciaba la escena desde la puerta mientras Noé cogía la cabeza del hombre para que no forcejeara. La niña se puso delante del hombre mirándolo y le preguntó muy fríamente, casi dándole una orden.

—¿Cómo te llamas?

—Tomás —le salió de la boca y él mismo se sorprendía de haberlo dicho.

—Tomás qué más —inquirió la siniestra niña.

—Tomás Sánchez Mora —parecía que decía casi en trance.

Noé sonreía mientras comprobaba que su nombre coincidía con el que llevaba en su DNI y le echó una mirada cómplice a Eliseo.

—Funciona —sonreía satisfecho y fascinado Eliseo.

—¡¿Pero qué me estáis haciendo?! —preguntó nervioso el rehén al ver que no tenía control sobre lo que decía.

NOÉ: Ahora el PIN —le ordenó a la niña enseñándole una tarjeta de crédito que había sacado de la cartera también.

—Dime tu número secreto de esa tarjeta.

El maniatado la miró frustrado e hizo un esfuerzo por no abrir la boca. Se mordió la lengua para no contestar, pero sus labios ya se estaban moviendo solos, proporcionándoles los números que necesitaban oír sus raptores.

Una vez Noé hubo comprobado con el ordenador y el acceso a su cuenta bancaria mediante internet que el número era correcto, volvió a la habitación, contento.

NOÉ: Encárgate de él —le mandó a Eliseo—. Y tú —se dirigía a la niña mientras salían del cuarto y se oyó un tiro disparado con un silenciador—, buen trabajo. Después de un año de entrenamiento, por fin ha dado resultado. Hoy no necesitas escarmiento, así que vuelve a tu habitación. Ahora te llevo tu bandeja con la cena.

—¿Cuándo podré salir del cuarto? —preguntó Leocadia ante la dura mirada de Noé—. Son Fallas y se oyen petardos por todas partes. Cuando eran Fallas mi madre y yo tirábamos petardos…

NOÉ: Verás, Leo —se puso de cuclillas para mirarla a la cara y le contestó amablemente—. Tú eres como una joya muy preciada. Si la gente descubriese lo que eres capaz de hacer y que te tengo aquí, todo el mundo querría tenerte. Y entonces correrías un grave peligro.

—Yo no se lo diré a nadie. Lo prometo —suplicó la niña.

Antes de que acabara de hablar, a Noé se le acabó esa poca paciencia de la que disponía y le cruzó la cara. Ella, en vez de venirse abajo, parecía acostumbrada a ese trato y solo se puso la mano sobre la mejilla.

NOÉ: Al final te he tenido que pegar. Bastante es con que me haya ocupado de ti desde que murió tu madre el día de las explosiones.

—La tenías que haber salvado a ella también de esos hombres malos que nos atacaron —dijo en voz baja y más sumisa.

NOÉ: Por lo menos te salvamos a ti —puso un tono afable de nuevo—. Y da gracias que dio la casualidad de que pasábamos por allí. Intentamos salvar a tu madre, pero no pudo ser.

—Vale… papá.

NOÉ: ¡No soy tu padre! —encolerizó de repente—. ¡No soy tu padre! ¡Te dije que solo fui tu simiente! Ni siquiera conocía a tu madre. ¡A tu cuarto! —le dijo cogiéndola del brazo. La metió dentro y cerró los cerrojos—. ¡Hoy te quedas sin cenar!




Al día siguiente Noé fue a la sede del Consejo, ya que una importante votación estaba llevándose a cabo. Era un lugar bastante recóndito que se encontraba en la frontera entre Albacete y Valencia. Se trataba de un edificio que formaba parte de un pequeño poblado abandonado, que en su tiempo tuvo el fin de albergar a los trabajadores que construyeron una presa hidrológica. Un refugio perfecto por donde nadie pasaba hoy en día. Estaba cerca de un río y para bajar desde arriba de la montaña la carretera era estrecha y estaba en malas condiciones. Noé conocía el camino por haber estado antes. No obstante, tuvo mucho cuidado al conducir por aquellos estrechos carriles de doble sentido. Al acabar la carretera, todavía tenía que hacer un buen tramo a pie.

Una vez allí se produjo la votación en privado y él esperó en una sala contigua. Al acabar, la madre de Osi, Epifanía, le informó que había sido elegido para formar parte del Consejo de los Discípulos de Asir, la máxima autoridad dentro de la secta.

—Bienvenido y enhorabuena —le dijo cogiéndole las dos manos—. Ha sido una votación apretada. No todo el mundo quería que vosotros los terroristas pasarais a tomar parte de las importantes decisiones, aunque yo por mi parte, creo que ya era hora de que alguien pasara a la acción.

NOÉ: Muchas gracias, Epifanía —le devolvió el apretón de ambas manos, y al tocarle un poco el brazo notó sus cicatrices de quemaduras. Epifanía se soltó y se bajó la manga deprisa—. Siendo tú uno de los miembros más antiguos del Consejo, me honra que me des la bienvenida.

—A partir de ahora puedes entrar en las instalaciones libremente. Aquí tienes tu pase —le entregó una tarjeta de seguridad—. Pero recuerda que solo funciona si la usas a la vez junto a otra tarjeta de otro miembro. No puedes entrar tú solo. Ya sabes, medidas de seguridad para que nadie tome decisiones por su cuenta.

Ese tipo de restricciones le molestaban un poco a Noé. No obstante, lo tenía que aceptar. Ella se dio la vuelta para marcharse, pero conforme se iba se giró otra vez.

—Ah, y enhorabuena por la operación de ayer. Un lugar muy bien escogido para poner explosivos. Seguro que esos procreadores no se lo esperaban…




Al día siguiente, en la televisión, todavía seguían conmocionados por el atentado.

«La policía sigue investigando el paradero de la banda terrorista heterófoba que ocasionó cuarenta y dos muertos en la mascletà. Apenas se sabe nada de este grupo radical, ya que son muy cuidadosos. Tampoco se han puesto nombre ni han manifestado exigencias. Por lo que se sabe, sus objetivos siempre están relacionados con personas del colectivo heterosexual, por lo que los medios de comunicación los han bautizado como los terroristas heterófobos.

Pasando finalmente a nombrar la lista de desaparecidos con sus fotos correspondientes…»

Efrén apagó la televisión desde el salón de su casa. Se sentía culpable, porque él sabía quién era el responsable y no estaba haciendo nada al respecto. Se sacó la amenaza de Noé del bolsillo y la volvió a leer: “Si vas a la policía o se lo cuentas a alguien, tu marido y tu hijo están muertos. Sabes a lo que me refiero. Disfruta de la Renovación. Puede ser tu última. Ya sabes quién soy.”  Sintió el mismo miedo que le recorría todo el cuerpo cada vez que la leía, pero por culpa de tener que ocultar lo que vio, su matrimonio se había convertido en un infierno. Se levantó decidido del sofá, dejó la nota dentro del diario donde había escrito todo lo que había averiguado sobre los DA, y antes de ir a comisaría a confesarlo todo, dejó una nota para Zac, diciéndole que tenían que hablar y que cuando volviera le tenía que contar una cosa que le había estado ocultando y que era importante.

Después de prestar declaración en la comisaría, Efrén se sintió como nuevo. Sabía que estaba haciendo lo correcto, pero seguía sintiendo el poder de coacción de Noé a cada movimiento sospechoso de cualquier persona por la calle. A esas horas de la noche no había casi nadie. Solo se oían petardos lejanos, ya que en Fallas es habitual. Antes de subirse al coche se le ocurrió mirar debajo, por si le habían puesto una bomba. Al agacharse, un estruendo que provenía del otro lado del coche le hizo pegar un salto. Dos niños habían tirado un petardo y se iban corriendo y riéndose. Cuando se levantó le entró una risa nerviosa.

EFRÉN: Efrén, ves muchas películas —pensó para sí mismo—. Quizás estuviera exagerando.

Se montó al coche y se dirigió a casa. En la calle se respiraba ambiente de fiesta. Según por donde pasara, había verbenas repletas de gente, y otras calles estaban llenas de falleros borrachos tirando petardos o bailando al son de cualquier música cercana. De repente, el sonido de que le había llegado un SMS rompió su aparente estado de quietud.

“Soy Noé. Sabemos lo que has hecho. Te lo advertí. Tenemos a tu hermano Romeo como rehén. Acude a este punto”.

Las pulsaciones las notaba hasta en las sienes, pero tenía que seguir conduciendo. De un volantazo cambió de dirección bruscamente y se fue hacia las afueras de la ciudad. El sitio indicado en el mapa estaba apartado de toda civilización. Ni se había planteado qué ocurriría cuando llegase allí, pero estaba dispuesto a dar su vida por la de su hermano.

Circulando ya por la carretera que accedía al lugar señalado, notó en las malas condiciones que estaba. Con la oscuridad que había y la escasa iluminación era muy peligroso…

¡Bum!

El cinturón de seguridad evitó que se golpeara la cabeza con el volante del impacto que le habían propinado por detrás. De la nada apareció un coche gris que le estaba empujando violentamente. Fue entonces cuando se percató de que un barranco se abría a su derecha. Sin dejar de conducir, intentó arrimarse a la izquierda, pero el otro vehículo fue más rápido y al posicionarse a su lado lo empujó hacia el precipicio. La rueda trasera derecha del coche de Efrén se salió de la carretera, no obstante logró subirse de nuevo al seguir acelerando y consiguió dejar el otro coche atrás. Sin embargo, lo seguía muy de cerca y continuaba colisionando con él, aunque ya no lo podía empujar hacia el barranco. Hundió su pie sobre el pedal del acelerador, pero la carretera se bifurcaba en ese punto y con un giro hábil de volante se desvió por un camino de tierra. El otro automóvil derrapó para evitar estamparse contra un árbol en medio de la bifurcación y giró hacia el otro lado. Efrén seguía conduciendo y respiró tranquilo al haberlo perdido de vista, aunque el camino empezó a estrecharse. Había más y más baches y tremendos agujeros. No se había planteado a dónde llevaría aquel recorrido. Los árboles a ambos lados le tapaban la visión periférica, y al ver un claro a su izquierda apareció de repente el coche gris, que iba a su misma velocidad, paralelo a él, por otro camino muy cercano. Cuando volvió a mirar al frente su camino se había acabado. El otro conductor frenó de golpe y sus reflejos hicieron lo mismo, pero no pudo detener el coche y se metió en pleno monte descendiente. Esquivando árboles tan rápido como podía bajando la pendiente a toda velocidad, la montaña se acabó también, dando paso al barranco, que estaba a unos metros de desnivel. Sintió volar y fue como si el tiempo se hubiese ralentizado durante unos instantes. Sintió paz. Luego colisionó contra el suelo y dio un par de vueltas de campana antes de chocar contra una especie de antena gigante. Fue cuando todo se tornó negro.


Próximo episodio: lunes, 16 de abril de 2012 a las 21:00.